Vivimos en una época donde la moral se mide en hashtags y la empatía se expresa con un emoji. Desde la distancia cómoda de nuestras pantallas, nos proclamamos defensores de causas que no comprendemos, aplaudimos discursos que no analizamos y sentimos que cumplimos con el deber ético con solo compartir una historia en Instagram. Somos espectadores del sufrimiento ajeno y actores de una obra vacía, donde lo importante ya no es transformar la realidad, sino proyectar una identidad.
El ruido digital ha reemplazado al silencio de la reflexión. Ya no escuchamos, no miramos, no prestamos atención a lo que nos rodea. Nuestra supuesta conciencia global contrasta con una alarmante ceguera cotidiana: ignoramos al vecino, no agradecemos a quienes nos aman, y vivimos anestesiados por la inmediatez y la autoimagen. Defendemos ideales humanistas mientras olvidamos la humanidad que tenemos justo enfrente.
Quizás el cambio no empiece con grandes causas ni discursos altisonantes, sino con gestos tan simples como sinceros: dar las gracias, ceder el paso, saludar, sonreír, pedir perdón. No hay revolución más profunda que la que empieza en lo más pequeño. Y tal vez, antes de querer salvar el mundo, debamos aprender a mirar a los ojos a quien tenemos al lado.